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Camille Saint-Saëns: Danse Macabre (1874)

Posted in Uncategorized with tags , , , , , , , , , , , , , , on 15 marzo, 2013 by Glatar Pim

Clara Cernat, violín
Thierry Huillet, piano

 

Danza Macabra, de Henri Cazalis

(poema y libreto)

«Zig, zig, zig», la muerte cadenciosa
Golpea una tumba con su talón,
La muerte a medianoche con aire de danza,
«Zig, zig, zag», toca en su violín.

Sopla un viento de invierno y la noche es oscura;
Los tilos sueltan sus gemidos;
Los esqueletos blancos atraviesan la sombra,
Corren y saltan bajo sus grandes mortajas.

«Zig, zig, zig», cada cual su meneo,
Se oye el castañeteo de los huesos de los bailarines;
Una pareja lujuriosa se sienta sobre el musgo,
Como para saborear antigüas dulzuras.

«Zig, zig, zag», la muerte continúa
Rasgando sin fin su amargo instrumento.
¡Un velo ha caído! La bailarina está desnuda,
su acompañante la abraza amoroso.

La dama, se dice, es marquesa o baronesa,
Y el verde galán un pobre carretero;
¡Horror! He aquí que ella se entrega
Como si el patán fuera un barón.

«Zig, zig, zig», ¡qué zarabanda!
¡Qué de rondas de muertos se van dando las manos!
«Zig, zig, zag», ¡se ve en la pandilla
Al rey y al villano retozando juntos!

¡Pero «shhh»! De pronto se acaba la ronda,
Nos empujamos, huímos, el gallo ha cantado.

¡Oh, la noche es bella para el pobre mundo!
¡Que vivan la muerte y la igualdad!

 

I.

En 1231, el concilio de Ruán prohíbe bailar en el cementerio o en la Iglesia, bajo pena de excomunión. Otro concilio de 1405 prohíbe bailar en el cementerio, jugar a cualquier juego, y que los mimos, juglares, titiriteros, músicos o charlatanes, ejerzan su sospechoso oficio.

 

II.

Federico-IITengo miedo.
Miren lo que veo.
Pienso que son tres demonios.

Yo fui bello.
Ahora soy estos huesos.
Por amor de Dios, acuérdate de mí.

 

III.

3170184cNunca aprendí un baile y una música así de salvajes

–El rey, en La danza macabra
Cementerio de los Santos Inocentes
París, 1424-25

 

IV.

Cuando considero que esas calaveras
Apiladas en los osarios,
Fueron un día relatores del Estado,
O al menos del Tribunal de Cuentas;
O quizá sólo fueron cargadores:
Tanto me da decir lo uno o lo otro,
Pues obispos que fueran o meros faroleros,
No se ve allí ninguna diferencia.

–François Villon, 1461

 

V.

En la Edad Media, el cementerio era un lugar público de encuentro y de juegos, a pesar de la ostentación de los huesos en los osarios, o el afloramiento de fragmentos de cadáveres mal recubiertos. Los olores posteriormente denunciados -al principio como maléficos y luego como insalubres- por cierto existían, pero no se les prestaba ninguna atención. Por otra parte, el demonio sólo ingresaba al cementerio para reclamar un cuerpo que le había sido sustraído por una malicia del difunto, […] Puede admitirse que este estado de ánimo medieval se prolongó por mucho tiempo en los estratos populares: todavía en los siglos XVII y XVIII, el cementerio de los Inocentes seguía siendo un lugar de encuentro y de paseo.

 

VI.

Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios

–Job, 19:26

 

VII.

lessimulachreset01greeuoft_0062ccTiene toda una historia el motivo general de la danza macabra. Una historia que se remonta a la época de la peste bubónica en Europa hacia fines de la Edad Media y que hunde sus raíces en creencias y prácticas folclóricas del medioevo francés o alemán, en temas literarios y pictóricos latinos, en el culto cristiano con sus visiones místicas, rigores morales y sones apocalípticos. Su forma primera podría haber sido elaborada como espectáculo escénico para luego ser incorporada a la ceremonia, la prédica y las fiestas populares. Más interesante aún, quizá, sea el hecho de que nadie sabe muy bien de dónde viene ni a quién se le ocurrió primero. Es fácil asimilar su origen a las circunstancias de guerras y hambruna y peste y decadencia del orden político y religioso de la Baja Edad Media europea (el terror y la incertidumbre de las gentes, los sermones exaltados de los frailes mendicantes, la continua labor de sepultureros y artistas mortuorios) pero el asunto no es tan sencillo porque los antecedentes culturales son muchos y bailar y morir es cosa común, demasiado común.

Un mundo acaba, el medieval, y otro comienza a formarse, el moderno, sin terminar de encarnarse colectivamente éste último hasta el período de las revoluciones de fines del siglo XVIII. Coincidentemente, también a fines del siglo XVIII, París sufre una transformación de su fisonomía notable: por edicto de Luis XVI todos los cementerios dentro de la ciudad son derruidos y transportados sus muertos fuera de la capital francesa. Son los comienzos del higienismo urbanístico que a lo largo del siglo siguiente daría su forma actual a las ciudades europeas modernas.

Entre los cementerios mandados a derruir por Luis XVI, el más antigüo era el de los Santos Inocentes de París, en cuyo muro sur pudo verse alguna vez la primera representación de la danza macabra de la que tenemos noticia. La influencia y la popularidad de aquel fresco y su poema anónimos, en la época de su realización (1424-25), fueron inmensas. De entre todos los temas y motivos de cuño erudito en torno al problema de la muerte heredados de la tradición, ninguno parece haberse ajustado a la sensibilidad de la Baja Edad Media como el de la danza macabra. Con el reciente desarrollo de la predicación para el pueblo, el auge de las órdenes mendicantes, la novedad del grabado en madera (uno de los más antiguos medios de reproducción técnica de la imagen) y la enorme popularidad del motivo, la danza macabra recibió un impulso y fue objeto de una visibilidad hasta entonces poco frecuentes en el mundo occidental. El mural francés, fue rápidamente imitado por ingleses y españoles, los alemanes ya tenían su propia Totentanz, y muy pronto toda Europa se prendió a la danza.

En la resignación y el dolor de esos tiempos oscuros, se confunde con las intenciones edificantes y las raíces supersticiosas del motivo de la danza macabra un grito de mofa e irónico sentido de la justicia social. Lo que para la moral cristiana imperante constituía un llamamiento a ocuparse de la propia vida teniendo presente lo repentino de su inevitable fin, encerraba para muchos un cruel alivio cómico: la muerte no hace concesiones ni otorga privilegios, a todos equipara con su ritmo loco. No porque sea para todos la misma ni porque suponga un trasmundo común sino más bien porque a cada cual sorprende a destiempo su muerte.

Decadente y atroz sustrato del individualismo moderno, la concepción de la muerte que ilumina la danza macabra es tan egoísta como materialista y despiadadamente vital. Asoma, entre los velos de viejas admoniciones cristianas y antiguos apotegmas paganos, como un profundo y doloroso apego a la vida en toda su dulce fragilidad y desconcertante miseria.

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Citas, información, ideas e inspiración:

Salterio de Robert de Lisle (f. 127), Anónimo (1310)

La danza macabra, Anónimo francés (1424-25)

Danza general de la muerte, Anónimo español (ca. 1430)

Morir en Occidente, de Philippe Ariès (ed. Adriana Hidalgo, 2000)

La obra de arte en la era de su reproducción técnica, de Walter Benjamin (ed. El cuenco de plata, 2011)

El libro de los muertos, de Elias Canetti (ed. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2010)

Danse Macabre, de Henri Cazalis (traducción propia :: ¡gracias, Kmi!)

http://www.dodedans.com/, de Martin Hagstrøm

La danza de la muerte, de Hans Holbein el joven (ed. Premia, 1977)

El otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga (ed. Revista de Occidente, 1945)

Of Corpses, Constables and Kings: The Danse Macabre in Late Medieval and Renaissance Culture, de Sophie Oosterwijk (JBAA, 2004)

Of Dead Kings, Dukes and Constables: The Historical Context of the Danse Macabre in Late Medieval Paris, de Sophie Oosterwijk (JBAA, 2008)

http://www.lamortdanslart.com/, de Patrick Pollefeys

El Legado y El Testamento, de François Villon (ed. Pre-Textos, 2001)

The Navigator: A Mediaeval Odyssey, de Vincent Ward (1988)

 

PS.

NIM34858Imaginar una forma de desaparecer que sojuzgue a la muerte.

–Elias Canetti

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