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Samuel Beckett: Molloy (1951), fragmento 1

Posted in Uncategorized with tags , , on 14 marzo, 2019 by Glatar Pim

(…) Ahora que sabemos lo que hay que hacer, pongamos manos a la obra. Está bien eso de saber desde el primer momento por dónde va uno. Está tan bien que casi me quita las ganas de hacerlo. Yo estaba distraído (y no suelo distraerme nunca, con qué iba a distraerme) y en lo que respecta a mis movimientos más inseguro aún que de costumbre. Debía haberme fatigado a lo largo de la noche, bueno, debía estar un poco débil, y el sol, cada vez más alto en el este, me había envenenado mientras dormía. Hubiera tenido que interponer entre él y yo la masa de la roca antes de cerrar los ojos. Confundo este y oeste, y los polos también los invierto de buena gana. No por ello dejé de recorrer algunas millas sin dificultad, y así llegué al pie de las murallas. Allí me bajé del sillín, conforme al reglamento. En efecto, para entrar y salir de la ciudad, la policía exige que los ciclistas se apeen, que los automóviles avancen en primera, que los coches de caballo vayan al paso. Creo que esta ordenanza se debe a que las entradas, y por supuesto las salidas, son angostas y oscurecidas por inmensas bóvedas sin excepción. Es una buena norma y la acato cuidadosamente, pese a la dificultad que me supone avanzar apoyándome en mis muletas y empujando mi bicicleta al mismo tiempo. Me las iba arreglando. Había que poner atención. Así mi bicleta y yo franqueamos juntos tan difícil acceso. Pero un poco más adelante oí que me interpelaban. Levanté la cabeza y vi a un agente de policía. Hablo de un modo elíptico, pues sólo más tarde, por vía de inducción o de deducción, ya no me acuerdo, supe quién era. ¿Qué hace usted ahí?, me preguntó. Estoy acostumbrado a esta pregunta, la comprendí enseguida. Estoy descansando, le dije. Está descansando, dijo él. Estoy descansando, le dije. Y él gritó: ¿Quiere hacerme el favor de responder a mi pregunta? Esto es algo que me ocurre muy frecuentemente cuando estoy acorralado, creo sinceramente haber respondido a las preguntas que se me hacen y en realidad no he dicho nada. No voy a reconstruir aquella conversación en todos sus meandros. Terminé comprendiendo que mi modo de reposar, mi actitud durante el reposo, a horcajadas sobre mi bicicleta, el brazo sobre el manillar, la cabeza entre los brazos, atentaba ya no recuerdo contra qué, el orden, el pudor. Señalé modestamente mis muletas y aventuré algunos rumores sobre mi enfermedad, que me obligaba a reposar como podía y no como debía. Entonces creí comprender que no había dos leyes, una para los sanos y otra para los inválidos, sino una sola, a la que debían someterse ricos y pobres, jóvenes y viejos, felices y desdichados. Hablaba bien el hombre. Me permito poner de relieve que yo no estaba triste. ¡Qué había dicho! Sus papeles, dijo, lo supe un instante después. No, dije, no. ¡Sus papeles!, aulló. Ah, mis papeles. Los únicos papeles que llevo encima son algunas hojas de periódico, para limpiarme, comprendéis, cada vez que voy al tocador. Oh, no digo que me limpie cada vez que voy al tocador, no, pero me gusta estar en situación de poder hacerlo si se presenta el caso. Es natural, ¿no? Aturdido, saqué este papel del bolsillo y se lo puse ante la nariz. Era un hermoso día. Empezamos a andar por callejuelas soleadas, poco concurridas. Yo iba dando saltitos sobre mis muletas y él empujaba la bicicleta delicadamente, con su mano enguantada de blanco. Yo no… yo no me sentía desgraciado. Me detuve un instante y, asumiendo esta responsabilidad, alcé la mano y toqué la copa de mi sombrero. Quemaba. Sentía volverse a nuestro paso rostros alegres y serenos, rostros de hombres, de mujeres, de niños. En un momento dado, me pareció oír una música lejana. Me detuve para escucharla. Andando, me dijo el policía. No me dejaban escuchar música. Hubiera podido provocar una aglomeración. Me dio un empujón en la espalda. Me había hecho daño, oh, no en la piel, pero de todos modos mi piel, a través de la ropa, había sentido la dureza de aquel puño. Mientras avanzaba a mi mejor paso me abandonaba a aquel dorado instante, como si yo fuera otro. Era la hora de la siesta. Los más juiciosos tal vez, descansando en los jardines públicos o sentados a la puerta de su casa, saboreaban aquellas languideces expirantes, olvidando las recientes congojas, indiferentes a las que se avecinaban. Otros, por el contrario, aprovechaban el momento para devanar proyectos, la cabeza entre las manos. ¿Había uno siquiera capaz de ponerse en mi lugar, de sentir hasta qué punto, en aquel momento, yo era distinto de lo que parecía, y qué poder había en mí, qué amarras tensas a punto de estallar? Es posible que lo hubiera. Sí, yo me orienté hacia esa falsa profundidad, hacia las falsas apariencias de paz y gravedad, me precipité en ellas con todos mis antiguos venenos, sabiendo que no arriesgaba nada. Bajo el cielo azul, ante la mirada de mi guardián. Olvidándome de mi madre, liberado de la acción, fundido en la hora ajena, diciéndome pausa, pausa. Llegados a la comisaría, se me introdujo a presencia de un funcionario sorprendente. Vestido de paisano, en mangas de camisa, estaba hundido en un sillón, con los pies sobre la mesa del despacho, tocado de un sombrero de paja y pendiente de sus labios un objeto delgado y flexible que no llegué a identificar. Antes de que me largara tuve tiempo de constatar todos estos detalles. Escuchó el informe de su subordinado, a continuación pasó a interrogarme en un tono que, desde el punto de vista de la urbanidad, dejaba a mi juicio cada vez más que desear. Entre sus preguntas y mis respuestas (cuando valía la pena tomar aquéllas en consideración) mediaban intervalos más o menos largos y sonoros. Estoy tan acostumbrado a que no me pregunten nada que cuando me preguntan algo tardo un buen rato en comprender qué me preguntan. Y cometo la equivocación de que, en vez de reflexionar tranquilamente sobre lo que acabo de oír, y que he oído perfectamente, porque soy bastante fino de oído, pese a mi ancianidad, me apresuro a responder cualquier cosa, probablemente por temor a que mi silencio haga estallar la cólera de mi interlocutor. Soy muy miedoso, toda mi vida he tenido miedo de que me peguen. Soporto fácilmente insultos e invectivas, pero a los golpes no he podido acostumbrarme nunca. Es curioso. Hasta los escupitajos me molestan. Pero si se me trata con un poco de dulzura, quiero decir, si se deja de tratarme a patadas, suelo dejar finalmente satisfecho a mi interlocutor. Pero el comisario se contentaba con amenazarme con una regla cilíndrica, de modo que tuvo la ventaja de irse enterando de que yo no tenía papeles en el sentido que él daba a este término, ni ocupación, ni domicilio, que por el momento se le escapaba mi apellido y que yo me dirigía a casa de mi madre, a cuyas expensas yo agonizaba. Por lo que respecta a las señas de la susodicha, las ignoraba, pero sabía encontrar perfectamente la casa, incluso a oscuras. ¿El barrio? El de los mataderos, alteza, pues desde el cuarto de mi madre, a través de las ventanas cerradas, por encima de su cháchara, yo había oído rugir a los bovinos, este mugido violento, trémulo y ronco que no proviene de los pastos, sino de las ciudades, de los mataderos y de mercados de animales. Sí, pensándolo bien, tal vez me había precipitado al decir que mi madre vivía cerca de los mataderos, porque también podía ser que viviera cerca del mercado de animales. El silencio que siguió a tan amables palabras fue empleado por mí en volverme hacia la ventana, sin ver nada realmente, ya que había cerrado los ojos, limitándome a ofrecer a esta dulzura de oro y azul rostro y garganta, y también mi espíritu vacío, o casi, porque debía preguntarme si no tenía ganas de estar sentado, después de tanto rato de pie, y recordar lo que me habían enseñado al respecto, a saber, que la posición sedente no era ya la más adecuada para mí, debido a mi pierna corta y tiesa, que para mí sólo había dos posiciones posibles, la vertical, varado entre mis muletas, apoyándome en ellas de pie, y la horizontal, tendido en el suelo. Y sin embargo, de vez en cuando me venían ganas de sentarme, desde un mundo lejano y desaparecido. Y, prevenido y todo, no siempre sabía resistirlas. Sí, seguramente mi espíritu sentía este sedimento, moviéndose imperceptiblemente como granitos de arena en el fondo de un charco, mientras en mi cara y mi gran manzana de Adán pesaban el cielo soberano y el aire estival. Y de pronto recordé mi nombre, Molloy. Me llamo Molloy, grité, completamente aterrado. Molloy, acabo de acordarme. No tenía ninguna obligación de facilitar este dato, pero lo facilité, sin duda con la esperanza de ganarme simpatías. No me habían hecho quitar el sombrero, ignoro por qué razón. ¿Se llama así su mamá?, dijo el comisario, porque debía ser un comisario. ¿Cómo?, dije. Usted se llama Molloy, dijo el comisario. Sí, dije, acabo de acordarme. ¿Y su mamá?, dijo el comisario. Yo no comprendía. ¿También se llama Molloy?, dijo el comisario. ¿Se llama Molloy?, dije yo. Sí, dijo el comisario. Yo reflexioné. Su mamá de usted, dijo el comisario, se llama… ¡Déjeme reflexionar!, grité. Bueno, al menos así imagino que ocurrían las cosas. Piénselo, dijo el comisario. ¿Mi mamá se llama Molloy? Sin duda. Sí, también debe llamarse Molloy, dije. Se me llevaron, creo que a la sala de guardia, y allí me ordenaron sentarme. Mediaron explicaciones. Abreviando, obtuve el permiso, si no de tumbarme en un banco, sí al menos de quedarme de pie, apoyado en la pared. La estancia era sombría, y la recorrían en todas direcciones, gentes apresuradas, malhechores, policías, hombres de leyes, sacerdotes y periodistas, o al menos eso supongo. Todo era oscuro, formas oscuras apresurándose en un espacio oscuro. A mí nadie me prestaba atención, y yo les pagaba con la misma moneda. Siendo así, ¿cómo podía yo saber que ellos no me prestaban atención y cómo podía hacer yo otro tanto, puesto que ellos no me prestaban atención a mí? No lo sé. Yo lo sabía y les pagaba con la misma moneda, de eso estoy seguro y basta. Pero de pronto surgió ante mí una mujerona vestida de negro o más bien de malva. Aún hoy me pregunto si era la asistenta social. Me tendía un tazón lleno de un jugo grisáceo que debía de ser té verde, con sacarina y leche en polvo, en un platillo desparejado. Eso no era todo, porque entre el platillo y el tazón se alzaba en equilibrio precario una rebanada de pan seco, de la que me puse a decir, con una especie de angustia: Va a caerse, va a caerse, como si el hecho de que se cayera o no tuviera alguna importancia. Un instante después yo mismo sostenía entre mis manos este amasijo de objetos heterogéneos y vacilantes, donde se codeaban lo duro, lo líquido y lo blando, sin la menor idea de cómo se había llevado a cabo la transferencia. Voy a advertiros de una cosa: cuando las asistentes sociales os ofrecen graciosamente una bazofia como para ni mirarlo, lo cual en ellas constituye una obsesión, es inútil mostrarse recalcitrante. Os perseguirán hasta los confines de la tierra blandiendo su vomitivo. Las del Ejército de Salvación no están mucho mejor. No, realmente no conozco defensa alguna contra el gesto caritativo. Hay que inclinar la cabeza, tendiendo las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias buena señora. El que no tiene nada no tiene derecho a despreciar la mierda. El líquido desbordaba, la taza vacilaba con un ruido de crujir de dientes, y no era los míos, porque no tengo dientes, y el pan chorreante se inclinaba cada vez más. Hasta el momento en que, llegado al colmo de mi inquietud, lo arrojé lejos de mí. No es que lo dejara caer, no, sino que de un empujón convulsivo con las dos manos lo mandé a estrellarse contra el suelo, o contra la pared, tan lejos de mí como me permitían mis fuerzas. No voy a contaros la continuación porque ya me he cansado de este sitio, así que me largo. La tarde empezaba ya a caer cuando me dijeron que quedaba en libertad. Se me advirtió que debía comportarme mejor en el futuro. Consciente de mi culpa, enterado ya de los motivos de mi detención, sensible a las contravenciones que mi interrogatorio puso de manifiesto, quedé asombrado de recobrar tan fácilmente la libertad, si aquello era la libertad, y eso sin que se aludiera a la más mínima sanción. ¿Podría ser que, sin saberlo, tuviera un protector en algún alto cargo? ¿Me había yo impuesto al comisario sin darme cuenta? ¿Habían conseguido encontrar a mi madre y obtener de ella, o de gente del barrio, la confirmación de algunas de mis aseveraciones? ¿Juzgaban quizá que no valía la pena someterme a un procedimiento penal? Porque la verdad es que no resulta cómodo castigar en forma sistemática a un ente como yo. Ocurre a veces, pero la más elemental prudencia lo desaconseja. Vale más remitirse a la opinión de los agentes. No sé. Si es obligatorio llevar los documentos de identidad, ¿por qué no insistieron para que me los procurara? ¿Porque es un asunto costoso y yo no tengo dinero? Pero siendo así, ¿no habrían podido requisar mi bicicleta? Probablemente no, sin un auto del tribunal. Todo resulta incomprensible. Lo que es cierto es que nunca he vuelto a descansar de aquel modo, los pies obscenamente apoyados en el suelo, los brazos en el manillar y la cabeza entre los brazos, abandonada y bamboleante. En efecto, constituía indudablemente un triste espectáculo, y un triste ejemplo para los demás ciudadanos, tan necesitados de aliento en su dura tarea que sólo deben ofrecérseles manifestaciones de fuerza, de alegría y de celeridad, para evitar que se desplomen al terminar la jornada y rueden por tierra. Bastó con que me enseñaran qué comportamiento era el bueno para que me comportara bien, en la medida en que mi físico me lo permite. Y no he cesado de mejorar en este aspecto, pues he sido inteligente y rápido de comprensión. Y en cuanto a buena voluntad, me desbordaba por todos los poros esta exasperada buena voluntad de los ansiosos. De manera que mi repertorio de actitudes lícitas no ha cesado de enriquecerse, desde mis primeros pasos hasta los últimos, que di el año pasado. Y si bien es verdad que me he comportado siempre como un cerdo, no hay que achacármelo a mí, sino a mis superiores, que me corregían únicamente en pequeños detalles en vez de mostrarme lo esencial del sistema, según el ejemplar método de los grandes colegios anglosajones, así como los principios a que obedecen los buenos modales y el modo de pasar sin posible error de aquellos a éstos, y de remontarse hasta las fuentes a partir de una posición dada. Todo ello me hubiera permitido, antes de desplegar en público ciertos modos de proceder dictados solamente por la comodidad, tales como el dedo en las narices, la mano en los cojones, el sonarse con los dedos o la meada ambulante, atenerme a las normas primeras de una teoría razonada. Sí, a este respecto yo sólo poseía nociones negativas y empíricas, lo que equivale a decir que las más de las veces me hallaba sumido en la más completa oscuridad, y tanto más si se tiene en cuenta que mis observaciones, recogidas a lo largo del siglo, me predisponían a poner en duda hasta los más altos dictámenes respecto al modo de vida, incluso en un espacio reducido. Pero sólo pienso en estas cosas, y en otras, desde que ya no vivo. En el relajamiento de la descomposición recuerdo aquella prolongada emoción confusa que fue mi existencia, y la juzgo, como dicen que Dios nos juzgará, y con el mismo ánimo impertérrito. Descomponerse también es vivir, lo sé, lo sé, no insistáis más, pero nunca es posible entregarse a ello del todo. Por otra parte, es posible que también cualquier día tenga la bondad de echaros un discurso sobre esa vida, el día en que sepa que creyendo saber lo único que hacía era existir, y la pasión sin forma ni descanso me haya devorado hasta las carnes pútridas y, sabiendo esto, no sepa nada, no haga sino gritar como no he hecho sino gritar, más o menos fuerte, de un modo más o menos descarado. Venga, gritemos, se supone que eso está bien. Sí, esta vez a gritar, y quizás otra vez aún. Gritemos que el sol poniente daba de lleno en la fachada blanca de la comisaría. Parecía que estuviéramos en China. Una sombra compleja se dibujaba en la fachada. Éramos yo y mi bicicleta. Me puse a jugar, gesticulando, agitando mi sombrero, haciendo ir y venir la bicicleta ante mí, hacia delante, hacia atrás, haciendo sonar la bocina. Miraba la pared. Me miraban desde las ventanas enrejadas, sentía aquellos ojos puestos en mí. El agente que estaba de guardia ante la puerta me dijo que me largara. Yo solo ya me habría calmado. Al fin de cuentas, la sombra no resulta mucho más divertida que el cuerpo. Le pedí al agente que se compadeciera de mí, que me ayudara. No comprendía. Recordé con nostalgia el refrigerio que me ofreciera la asistenta social. Me saqué un guijarro del bolsillo y lo succioné. Era liso, de tantas chupadas que le había dado, y de las veces que lo había arrebatado la tempestad. Un pequeño guijarro redondo y liso en la boca le calma a uno los nervios, le refresca, burla el hambre, engaña a la sed. El agente se me acercaba, le molestaba mi lentitud. A él también le miraban desde las ventanas. Se oían risas. También en mí reía alguien. Tomé mi pierna enferma entre las manos y la hice pasar por encima de la armazón de la bicicleta. Me marché. Había olvidado dónde iba. (…)

 

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El texto es un fragmento de la primera parte de la novela Molloy, de Samuel Beckett. La traducción es de Pedro Ginferrer (ed. Lumen, 1969).

La imagen es una fotografía tomada por Josef Koudelka, en 1994, durante el Festival de Música Folclórica de Strážnice, República Checa.

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Protesta ante los libertarios del presente y del futuro sobre las capitulaciones de 1937

Posted in Uncategorized with tags , , , , , , on 11 marzo, 2019 by Glatar Pim

Soy un escapado de San Miguel de los Reyes, siniestro presidio que levantó la monarquía para enterrar en vida a los que, por no ser cobardes, no se sometieron nunca a las leyes infames que dictaron los poderosos contra los oprimidos. Allá me llevaron, como a tantos otros, por lavar una ofensa, por rebelarme contra las humillaciones de que era víctima un pueblo entero, por matar, en fin, a un cacique.

Joven era, y joven soy, ya que ingresé en el presidio a los veintitrés años y he salido, porque los compañeros anarquistas abrieron las puertas, teniendo treinta y cuatro. ¡Once años sujeto al tormento de no ser hombre, de ser una cosa, de ser un número!

Conmigo salieron muchos hombres, igualmente sufridos, igualmente dolorosos por los malos tratos recibidos desde el nacer. Unos, al pisar la calle, se fueron por el mundo; otros, nos agrupamos con nuestros libertadores, que nos trataron como amigos y nos quisieron como hermanos. Con éstos, poco a poco, formamos la “Columna de Hierro”; con éstos, a paso acelerado, asaltamos cuarteles y desarmamos a terribles guardias; con éstos, a empujones, echamos a los fascistas hasta las agujas de la sierra, en donde se encuentran. Acostumbrados a tomar lo que necesitamos, al empujar al fascista, le tomamos víveres y fusiles. Y nos alimentamos, durante un tiempo, de lo que nos ofrecían los campesinos, y nos armamos, sin que nadie nos hiciese el obsequio de un arma, con lo que a brazo partido, les quitamos a los insurrectos. El fusil que acaricio, el que me acompaña desde que abandoné el fatídico presidio, es mío, mío propio; se lo quité, como un hombre, al que lo tenía en sus manos, así como nuestros, propios, conquistados, son casi todos los que mis compañeros tienen en las suyas.

Nadie o casi nadie nos atendió nunca. El estupor burgués al abandonar el presidio, ha continuado siendo el estupor de todos, hasta estos momentos, y en lugar de atendernos, de ayudarnos, de auxiliarnos, se nos trató como a forajidos, se nos acusó de incontrolados, porque no sujetamos el ritmo de nuestro vivir que ansiábamos y ansiamos libre, a caprichos estúpidos de algunos que se han sentido, torpe y orgullosamente, amos de los hombres, al sentarse en un Ministerio o en un comité, y porque, por los pueblos por donde pasamos, después de haberle arrebatado su posesión al fascista, cambiamos el sistema de vida, aniquilando a los caciques feroces que intranquilizaron la vida de los campesinos, después de robarles, y poniendo la riqueza en manos de los únicos que supieron crearla: en manos de los trabajadores.

Nadie, puedo asegurarlo, nadie se puede haber portado con los desvalidos, con los necesitados, con los que toda la vida fueron robados y perseguidos, mejor que nosotros, los incontrolados, los forajidos, los escapados de presidio. Nadie, nadie –desafio que me lo prueben– ha sido más cariñoso y más servicial para con los niños, las mujeres y los ancianos; nadie, absolutamente nadie, puede tildar a esta Columna, que sola, sin auxilio y sí entorpeciéndola, ha estado desde el principio en la vanguardia, de insolidaria, de despótica, de blanda o de floja cuando de la lucha se trataba, o de desamorada con el campesino, o de no revolucionaria, ya que el arrojo y la valentía en el combate ha sido nuestra norma, la hidalguía con el vencido nuestra ley, la cordialidad con los hermanos nuestra divisa y la bondad y el respeto el marco en que se ha desenvuelto nuestra vida.

¿Por qué esta leyenda negra que se ha tejido a nuestro alrededor? ¿Por qué este afán insensato de desacreditarnos, si nuestro descrédito, que no es posible, sólo iría en perjuicio de la causa revolucionaria y de la misma guerra?

Hay –nosotros, hombres del presidio, que hemos sufrido más que nadie en la tierra, lo sabemos–; hay, digo, en el ambiente, un aburguesamiento enorme. El burgués, de alma y de cuerpo, que es todo lo mediocre y servil, tiembla ante la idea de perder su sosiego, su cigarro puro y su café, sus toros, su teatro y su emputecimiento, y cuando olía algo de la Columna, de esta Columna de Hierro, puntal de la Revolución en estas tierras levantinas, o cuando sabía que la Columna anunciaba su viaje a Valencia, temblaba como un azogado pensando que los de la Columna iban a arrancarle de su vida regalona y miserable. Y el burgués –hay burgueses de muchas clases y en muchos sitios– tejía, sin parar, con los hilos de la calumnia, la leyenda negra con que nos ha obsequiado, porque al burgués, y únicamente al burgués, han podido y pueden perjudicar nuestras actividades, nuestras rebeldías, y estas ansias locamente incontenibles que llevamos en nuestro corazón de ser libres, como las águilas en las más altas cimas o como los leones en medio de las selvas.

También los hermanos, los que sufrieron con nosotros en campos y talleres, los que fueron vilmente explotados por la burguesía, se hicieron eco de los miedos terribles de ésta y llegaron a creer, porque algunos interesados en ser jefes se lo dijeron, que nosotros, los hombres que luchábamos en la Columna de Hierro, éramos forajidos y desalmados, y un odio, que ha llegado muchas veces a la crueldad y al asesinato fanático, sembró nuestro camino de piedras para que no pudiéramos avanzar contra el fascismo.

Ciertas noches, en esas noches oscuras en que, arma al brazo y oído atento, trataba de penetrar en las profundidades de los campos y en los misterios de las cosas, no tuve más remedio que, como en una pesadilla, levantarme del parapeto, y no para desentumecer mis miembros, que son de acero porque están curtidos en el dolor, sino para empuñar con más rabia el arma, sintiendo ganas de disparar, no sólo contra el enemigo que estaba escondido a cien metros escasos de mí, sino contra el otro, contra el que no veía, contra el que se ocultaba a mi lado siéndome y aun llamándome compañero, mientras me vendía vilmente, ya que no hay venta más cobarde que la que de la traición se nutre. Y sentía ganas de llorar y de reír, y de correr por los campos gritando, y de atenazar gargantas entre mis dedos de hierro, como cuando rompí entre mis manos la del cacique inmundo, y de hacer saltar, hecho escombros, este mundo miserable en donde es difícil encontrar unos brazos amantes que sequen tu sudor y restañen la sangre de tus heridas cuando, cansado y herido, vuelves de la batalla.

¡Cuántas noches, juntos los hombres, formando un racimo o un puñado, al comunicar a mis compañeros, los anarquistas, mis penas y dolores he hallado, allá, en la dureza de la sierra, frente al enemigo que acechaba, una voz amiga y unos brazos amantes que me han hecho volver a amar la vida! Y, entonces, todo lo sufrido, todo lo pasado, todos los horrores y tormentos que llagaron mi cuerpo, los tiraba al viento como si fueran de otras épocas, y me entregaba con alegría a sueños de ventura, viendo con la imaginación calenturienta un mundo como el que no había vivido, pero que deseaba; un mundo como no habíamos vivido los hombres pero que muchos habíamos soñado. Y el tiempo se me pasaba volando, y las fatigas no entraban en mi cuerpo, y redoblaba mi empuje, y me hacía temerario, y salía al amanecer en descubierta para descubrir al enemigo, y… todo por cambiar la vida; por imprimir otro ritmo a esta vida nuestra; porque los hombres, yo entre ellos, pudiéramos ser hermanos; porque la alegría, una vez siquiera, al brotar en nuestros pechos, brotase en la tierra; porque la Revolución, esta Revolución que ha sido el norte y el lema de la Columna de Hierro, pudiese ser, en tiempo no lejano, un hecho.

Se esfumaban mis sueños como las nubecillas blancas que encima de nosotros pasaban por la sierra, y volvía a ver mis desencantos para volver, otra vez, por la noche, a mis alegrías. Y así, entre penas y alegrías, entre congojas y llantos, he pasado mi vida, vida alegre en medio del peligro, comparada con aquella vida turbia y miserable del turbio y mísero presidio.

Pero un día –era un día pardo y triste–, por las crestas de la sierra, como viento de nieve que corta las carnes, bajó una noticia: “Hay que militarizarse”. Y entró en mis carnes como fino puñal la noticia, y sufrí, de antemano, las congojas de ahora Por las noches, en el parapeto, repetía la noticia: “Hay que militarizarse”…

A mi lado, velando mientras yo descansaba, aunque no dormía, estaba el delegado de mi grupo, que sería teniente, y tres pasos más acá, durmiendo en el suelo, reclinando su cabeza sobre un montón de bombas, yacía el delegado de mi centuria, que sería capitán o coronel. Yo… seguiría siendo yo, el hijo del campo, rebelde hasta morir. Ni quería, ni quiero cruces ni estrellas ni mandos. Soy como soy, un campesino que aprendió a leer en la cárcel, que ha visto de cerca el dolor y la muerte, que era anarquista sin saberlo y que ahora, sabiéndolo, soy más anarquista que ayer, cuando maté para ser libre.

Ese día, aquel día que bajó de las crestas de la sierra, cual si fuese un viento frío que me cortase el alma, la noticia funesta, será memorable, como tantos otros en mi vida de dolor. Aquel día… ¡Bah!

¡Hay que militarizarse!

La vida enseña a los hombres más que todas las teorías, más que todos los libros. Los que quieran llevar a la práctica lo que han aprendido de otros al beberlo en los libros escritos, se equivocarán; los que lleven a los libros lo que han aprendido en las revueltas del camino de la vida, posiblemente hagan una obra maestra. La realidad y la ensoñación son cosas distintas. Soñar es bueno y bello, porque el sueño es, casi siempre, la anticipación de lo que ha de ser; pero lo sublime es hacer la vida bella, hacer de la vida, realmente, una obra hermosa.

Yo he vivido la vida aceleradamente. No he saboreado la juventud, que, según he leído, es alegría, y dulzura, y bienestar. En el presidio sólo he conocido el dolor. Siendo joven por los años, soy un viejo por lo mucho que he vivido, por lo mucho que he llorado. Por lo mucho que he sufrido. Que en el presidio, casi nunca se ríe; en el presidio, para adentro o para afuera, siempre se llora.

Leer un libro en una celda, apartado del contacto de los hombres, es soñar; leer el libro de la vida, cuando te lo presenta abierto por una página cualquiera el carcelero, que te insulta o simplemente te espía, es estar en contacto con la realidad.

Cierto día leí, no sé dónde ni a quién, que no pudo tener el autor idea exacta de la redondez de la tierra hasta que la hubo recorrido, medio palpado: descubierto. Parecióme ridícula tal pretensión; pero aquella frasecita se me quedó tan impresa, que alguna vez, en mis soliloquios obligados en la soledad de ni celda, pensé en ella. Hasta que un día, como si yo también descubriera algo maravilloso que antes estuvo oculto a los demás hombres, sentí la alegría de ser, para mí, el descubridor de la redondez de la tierra. Y aquel día, como el autor de la frase, recorrí, medí y palpé el planeta, haciéndose la luz en mi imaginación al “ver” a la Tierra rodando en los espacios sin fin, formando parte del concierto universal de los mundos.

Lo mismo sucede con el dolor. Hay que pesarlo, medirlo, palparlo, gustarlo, comprenderlo, descubrirlo, para tener en la mente una idea clara de lo que es. A mi lado, tirando del carro en el que otros iban subidos, cantando y gozando, he tenido hombres que, como yo, oficiaban de mulas. Y no sufrían; y no rugían, por lo bajo, su protesta; y encontraban justo y lógico que aquéllos, como señores, fuesen los que les tirasen de las riendas y empuñasen el látigo, y hasta lógico y justo que el amo, de un trallazo, les cruzase la cara. Como animales lanzaban un ronquido, clavaban sus pezuñas en el suelo y arrancaban a galope. Después, ¡oh sarcasmo!, al desuncirlos, lamían, como perros esclavos, la mano que les azotó.

Nadie que no haya sido humillado, y vejado, y escarnecido; nadie que no se haya sentido el ser más desgraciado de la tierra, a la vez que el ser más noble, y más bueno, y más humano, y que, al mismo tiempo y todo junto, cuando sentía su desgracia y se consideraba feliz y fuerte, sin aviso, sin motivo, por gana de hacerle daño, por humillarle, haya sentido sobre sus espaldas o sobre su rostro la mano helada de la bestia carcelera; nadie que no se haya visto arrastrado por lebreles a la celda de castigo, y allí, abofeteado y pisoteado, oír crujir sus huesos y oír correr su sangre hasta caer en el suelo como una mole; nadie que, después de sufrir el tormento por otros hombres, no haya sido capaz de sentir su impotencia, y maldecir por ello y blasfemar por ello, que era tanto como empezar a tener potencia otra vez; nadie que, al recibir el castigo y el ultraje, haya tenido conciencia de lo injusto del castigo y de lo infame del ultraje; y, al tenerla, haya hecho propósito de acabar con el privilegio que otorga a algunos la facultad de castigar y ultrajar; nadie, en fin, que, preso en la cárcel o preso en el mundo, haya comprendido la tragedia de las vidas de los hombres condenados a obedecer en silencio y ciegamente las órdenes recibidas, puede conocer la hondura del dolor, la amargura del dolor, la marca terrible que el dolor deja para siempre en los que bebieron, y palparon, y sintieron el dolor de callar y obedecer. ¡Desear hablar y conservarse mudo; desear cantar y enmudecer; desear reír y tener forzosamente que estrangular la risa en los labios; desear amar y ser condenado a nadar entre el cieno del odio!

Yo estuve en el cuartel y allí aprendí a odiar. Yo he estado en el presidio, y allí, en medio del llorar y del sufrir, cosa rara, aprendí a amar, a amar intensamente.

En el cuartel casi estuve a punto de perder mi personalidad, tanto era el rigor con que se me trataba, queriendo imponérseme una disciplina estúpida. En la cárcel, tras mucho luchar, recobré mi personalidad, siendo cada vez más rebelde a toda imposición. Allá aprendí a odiar, de cabo hacia arriba, todas las jerarquías; en la cárcel, en medio del más angustiante dolor, aprendí a querer a los desgraciados, mis hermanos, mientras conservaba puro y limpio el odio a las jerarquías mamado en el cuartel. Cárceles y cuarteles son una misma cosa: despotismo y libre expansión de la maldad de algunos y sufrimiento de todos. Ni el cuartel enseña cosa que no sea dañina a la salud corporal y mental, ni la cárcel corrige.

Con este criterio, con esta experiencia –experiencia adquirida, porque he bañado mi vida en el dolor–, cuando oí que, montañas abajo, venía rodando la orden de militarización, sentí por un momento que mi ser se desplomaba, porque vi claramente que moriría en mí el audaz guerrillero de la Revolución, para continuar viviendo el ser a quien en el cuartel y en la cárcel se podó de todo atributo personal, para caer nuevamente en la sima de la obediencia, en el sonambulismo animal a que conduce la disciplina del cuartel o de la cárcel, ya que ambos son iguales. Y, empuñando con rabia el fusil, desde el parapeto, mirando al enemigo y al “amigo”, mirando a vanguardia y a retaguardia, lancé una maldición como aquellas que lanzaba cuando, rebelde, me conducían a la celda de castigo, y una lágrima hacia adentro, como aquéllas, que se me escaparon, sin ser vistas de nadie, al sentir mi impotencia. Y es que notaba que los fariseos, que desean hacer del mundo un cuartel y una cárcel, son los mismos, los mismos, los mismos que ayer, en las celdas de castigo, nos hicieron a los hombres –hombres– crujir los huesos.

Cuarteles…, presidios…, vida indigna y miserable.

No nos han comprendido, y por no poder comprendernos, no nos han querido. Hemos luchado –no son necesarias ahora falsas modestias, que a nada conducen–; hemos luchado, repito, como pocos. Nuestra línea de fuego ha sido siempre la primera, ya que en nuestro sector, desde el primer día hemos sido los únicos.

Para nosotros jamás hubo un relevo ni…, lo que ha sido peor todavía, una palabra cariñosa. Unos y otros, fascistas y antifascistas, hasta –¡qué vergüenza hemos sentido!– los nuestros nos han tratado con despego.

No nos han comprendido. O lo que es más trágico en medio de esta tragedia en que hemos vivido, quizá no nos hemos hecho comprender, ya que nosotros, por haber recibido sobre nuestros lomos todos los desprecios y rigores de los que fueron jerarcas en la vida, hemos querido vivir, aun en la guerra, una vida libertaria, y los demás, para su desgracia y la nuestra, han seguido uncidos al carro del Estado.

Esta incomprensión, que nos ha producido dolores inmensos, cercó el camino de desdichas, y no solamente veían un peligro en nosotros los fascistas, a los que tratamos como se merecieron, sino los que se llaman antifascistas y gritan su antifascismo hasta enronquecer. Este odio que se tejió a nuestro alrededor, dio lugar a choques dolorosos, el mayor de los cuales, por lo canallesco, hace asomar a la boca el asco y llevar las manos a apretar el fusil, tuvo lugar en plena Valencia, al disparar contra nosotros “ciertos antifascistas rojos”. Entonces…, ¡bah!…, entonces debimos haber acabado con lo que ahora está haciendo la contrarrevolución.

La Historia, que recoge lo bueno y lo malo que los hombres hacen, hablará un día.

Y esa Historia dirá que la Columna de Hierro fue quizá la única en España que tuvo visión clara de lo que debió ser nuestra Revolución. Dirá también que fue la que más resistencia ofreció a la militarización. Y dirá, además, que, por resistirse, hubo momentos en que se la abandonó totalmente a su suerte, en pleno frente de batalla, como si seis mil hombres, aguerridos y dispuestos a triunfar o morir, debieran abandonarse al enemigo para ser devorados.

¡Cuántas y cuántas cosas dirá la Historia, y cuántas y cuántas y cuántas figuras, que se creen gloriosas, serán execradas y maldecidas!

Nuestra resistencia a la militarización estaba fundada en lo que conocíamos de los militares. Nuestra resistencia actual se funda en lo que conocemos actualmente de los militares.

El militar profesional ha formado, ahora y siempre, aquí y en Rusia, una casta. El es el que manda; a los demás no debe quedarnos más que la obligación de obedecer. El militar profesional odia con toda su fuerza a todo cuanto sea paisanaje, al que cree inferior.

Yo he visto –yo miro siempre a los ojos de los hombres– temblar de rabia o de asco a un oficial cuando al dirigirme a él lo he tuteado, y conozco casos de ahora, de ahora mismo, en batallones que se llaman proletarios, en que la oficialidad, que ya se olvidó de su origen humilde, no puede permitir –para ello hay castigos terribles– que un miliciano les llame de tú.

El ejército “proletario” no plantea disciplina, que podría ser, a lo sumo, respeto a las órdenes de guerra; plantea sumisión, obediencia ciega, anulación de la personalidad del hombre.

Lo mismo, lo mismo que cuando, ayer, estuve en el cuartel. Lo mismo, lo mismo que cuando, más tarde, estuve en el presidio.

Nosotros, en las trincheras, vivíamos felices. Vimos caer a nuestro lado, es cierto, a los compañeros que con nosotros empezaron esta guerra; sabíamos, además, que en cualquier momento, una bala podía dejarnos tendidos en pleno campo –ésta es la recompensa que espera al revolucionario–; pero vivíamos felices. Cuando había comíamos; cuando escaseaban los víveres, ayunábamos. Y todos contentos. ¿Por qué? Porque ninguno era superior a ninguno. Todos amigos, todos compañeros, todos guerrilleros de la Revolución.

El delegado de grupo o de centuria no nos era impuesto, sino elegido por nosotros, y no se sentía teniente o capitán, sino compañero. Los delegados de los Comités de la Columna no fueron jamás coroneles o generales, sino compañeros. Juntos comíamos, juntos peleábamos, juntos reíamos o maldecíamos. Nada ganamos durante un tiempo, nada ganaron ellos. Diez pesetas ganamos después nosotros, diez pesetas ganaban y ganan ellos.

Lo único que aceptamos es su capacidad probada, por eso los elegimos; su valor, también probado, por eso también fueron nuestros delegados. No hay jerarquías, no hay superioridades, no hay órdenes severas; hay camaradería, bondad, compañerismo: vida alegre en medio de las desdichas de la guerra. Y así, con compañeros, imaginándose que se lucha por algo y para algo, da gusto la guerra y hasta se recibe con gusto la muerte. Pero cuando estás entre militares, en donde todo son órdenes y jerarquías; cuando ves en tus manos la triste soldada con la cual apenas puede mantenerse en retaguardia tu familia y ves que el teniente, el capitán, el comandante y el coronel cobran tres, cuatro, diez veces más que tú, aunque no tienen ni más empuje, ni más conocimiento, ni más valor que tú, la vida se te hace amarga, porque ves que eso no es Revolución, sino aprovechamiento, por unos pocos, de una situación desgraciada que va únicamente en perjuicio del pueblo.

No sé cómo viviremos ahora. No sé si podremos acostumbrarnos a recibir malas palabras del cabo, del sargento o del teniente. No sé si después de habernos sentido plenamente hombres, podremos sentirnos animales domésticos, que a esto conduce la disciplina y esto representa la militarización.

No podremos ya, será totalmente imposible, aceptar despotismos y malos tratos, ya que se necesita ser muy poco hombre para tener un arma en la mano y aguantar mansamente el insulto; pero tenemos noticias que angustian, de compañeros que, al militarizarse, han vuelto a sentir, como losa de ploma, la pesantez de las órdenes que emanan de gente, muchas veces inepta y siempre desamorada.

Creíamos que nos estábamos redimiendo, que nos estábamos salvando y estamos cayendo en lo mismo que combatimos; en el despotismo, en la castocracia, en el autoritarismo más brutal y absorbente.

Pero el momento es grave. Cogidos –no sabemos por quien y si lo sabemos, nos lo callamos ahora–; cogidos, repito, en una trampa, debemos salir de ella, escaparnos de ella, lo mejor que podamos, pues de trampas está sembrado todo el campo.

Los militaristas, todos los militaristas –los hay furibundos en nuestro campo– nos han cercado. Ayer fuimos dueños de todo, hoy lo son ellos. El ejército popular, que no tiene de popular más que el hecho de formarlo el pueblo, y eso ocurrió siempre, no es del pueblo, es del Gobierno, y el Gobierno manda, y el Gobierno ordena. Al pueblo sólo se le permite obedecer y siempre se le exige obedecer.

Cogidos entre las mallas militaristas, tenemos dos caminos a seguir: el primero nos lleva a disgregarnos los que hasta hoy somos compañeros de lucha, deshaciendo la Columna de Hierro; el segundo nos lleva a la militarización.

La Columna, nuestra Columna, no debe deshacerse. La homogeneidad que siempre ha presentado, ha sido admirable –hablo solamente para nosotros, compañeros–; la camaradería entre nosotros quedará en la historia de la Revolución española como un ejemplo; la bravura demostrada en cien combates, podrá haber sido igualada en esta lucha de héroes, pero no superada. Desde el primer día fuimos amigos; más que amigos, compañeros; más que compañeros, hermanos. Disgregarnos, irnos, no volvernos a ver, no sentir, como hasta aquí, los impulsos de vencer y de luchar, es imposible.

La Columna, esta Columna de Hierro que desde Valencia a Teruel ha hecho temblar a burgueses y fascistas, no debe deshacerse, sino seguir hasta el fin.

¿Quién puede decir que en la pelea, por estar militarizados, han sido más fuertes, más recios, más generosos para regar con su sangre los campos de batalla? Como hermanos que defienden una causa noble, hemos luchado; como hermanos que tienen los mismos ideales, hemos soñado en las trincheras; como hermanos que anhelan un mundo mejor, hemos empujado con nuestro coraje. ¿Deshacernos como un todo homogéneo? Nunca, compañeros. Mientras quedemos una centuria, a luchar; mientras quede uno solo de nosotros, a vencer.

Será un mal menor, a pesar de ser un gran mal, el tener que aceptar, sin ser elegidos por nosotros, quienes nos ordenen. Pero…

Ser una Columna o ser un Batallón es casi igual. Lo que no es igual es que no se nos respete.

Si estamos juntos los mismos individuos que ahora estamos, ya formemos una columna o ya formemos un batallón, para nosotros ha de ser igual. En la lucha no necesitaremos quien nos aliente, en el descanso no tendremos quien nos prohíba descansar, porque no lo consentiremos.

El cabo, el sargento, el teniente, el capitán, o son de los nuestros, en cuyo caso seremos todos compañeros, o son enemigos, en cuyo caso como a enemigos habrá que tratarlos.

Columna o Batallón, para nosotros, si queremos, será igual. Nosotros, ayer, hoy y mañana, no necesitamos estímulos para combatir; nosotros, ayer hoy y mañana, seremos los guerrilleros de la Revolución.

De nosotros mismos, de la cohesión que haya entre nosotros, depende nuestro desarrollo futuro. No nos imprimirá nadie un ritmo suyo; se lo imprimiremos nosotros, por tener personalidad propia, a los que estén a nuestro alrededor.

Tengamos en cuenta una cosa, compañeros. La lucha exige que no hurtemos nuestros brazos ni nuestro entusiasmo a la guerra. En una columna, la nuestra, o en un batallón, el nuestro; en una división o en un batallón que no sean nuestros, tenemos que luchar.

Si deshacemos la Columna, si nos disgregamos, después, obligatoriamente movilizados, tendremos que ir, no con quien digamos, sino con quien se nos ordene. Y como no somos ni queremos ser animales domésticos, posiblemente chocáramos con quienes no debiéramos chocar: con los que, mal o bien, son nuestros aliados.

La Revolución, nuestra Revolución, esta Revolución proletaria y anárquica, a la cual, desde los primeros días, hemos dado páginas de gloria, nos pide que no abandonemos las armas y que no abandonemos, tampoco, el núcleo compacto que hasta ahora hemos tenido formado, llámese éste como se llame: Columna, División o Batallón.

Un “Incontrolado” de la Columna de Hierro.

 

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El texto fue publicado por la editorial Champ Libre, en 1979, bajo la supervisión de Guy Debord y Alice Becker-Ho, quienes lo tradujeron al francés. En la contratapa, Guy Debord se refiere al mismo en estos términos:

Este llamamiento de un miliciano anarquista desconocido, perteneciente a la famosa Columna de Hierro, aparece a día de hoy como el escrito más verídico y más hermoso que nos haya dejado la revolución proletaria de España. El contenido de dicha revolución, sus intenciones y su práctica son resumidas fríamente, y apasionadamente. Las principales causas de su fracaso son denunciadas: las que proceden de la constante acción contrarrevolucionaria de los estalinistas relevando, en la República, las fuerzas burguesas desarmadas, y de las constantes concesiones de los responsables de la CNT-FAI (aquí amargamente designados bajo el término de “los nuestros”) de julio de 1936 a marzo de 1937.

El que reivindica con orgullo el título, entonces injurioso, de “incontrolado”, ha hecho muestra del más gran sentido histórico y estratégico. Se hizo la revolución a mitad, olvidando que el tiempo no espera. “Ayer éramos amos de todo, hoy son ellos que lo son”. A partir de entonces, ya sólo les queda a los libertarios de la Columna de Hierro “seguir hasta el final, juntos”. Después de haber vivido un momento tan grande, no es posible “separarnos, marcharnos, no volver a vernos”. Pero todo lo demás ha sido renegado y dilapidado.

Este texto, mencionado en la obra de Burnett Bolloten, fue publicado por Nosotros, diario anarquista de Valencia, los 12, 13, 15, 16 y 17 de marzo de 1937. La Columna de Hierro fue integrada, a partir del 21 de marzo, en el “ejército popular” de la República, bajo el nombre de 83ª Brigada. El 3 de mayo, el levantamiento armado de los obreros de Barcelona fue desautorizado por los mismos responsables, que consiguieron derrotarlo el 7 de mayo. Tan sólo quedaron en presencia dos poderes estatales de la contrarrevolución, el más fuerte de los dos ganó la guerra civil.

La imagen es la foto de una instalación en neón del artista Pascual Sisto, que reproduce la célebre pintada de 1952-53, atribuida a Guy Debord.

Matthias Gerung: grabado satírico (1520-60)

Posted in Uncategorized with tags , , on 9 marzo, 2019 by Glatar Pim

Sin imágenes no podemos pensar ni entender nada.

–Martín Lutero

 

I.

Artista de estilo singular, fabricante de sellos e inspector municipal de pesos y medidas, poco es lo que se sabe de la vida de Matthias Gerung (c1500-1570), y menos lo que se puede averiguar sin dominar el alemán. Grabador, pintor y dibujante del sur de la actual Alemania de los llamados menores, ejerció su oficio en las postrimerías del Renacimiento alemán. Los avatares de su profesión y su legado dejaron a la posteridad un cuerpo de obras un tanto estrambótico e inquietante. Hijo de un zapatero y aprendiz de Hans Schäufelin, produjo el grueso de su obra por encargo de Ottheinrich, Conde Palatino y luego Elector Palatino del Ducado del Palatinado-Neoburgo, un pequeño territorio del Sacro Imperio Romano-Germánico.

Representante sofisticado y díscolo de una larga dinastía de nobles católicos, Ottheinrich fue patrono de las artes, remodeló el Castillo de Neoburgo para hacer sitio a las amenidades propias de una corte renacentista, se convirtió al protestantismo desafiando a la Corona Imperial, fundó la Bibliotheca Palatina, tuvo múltiples conflictos por deudas, no tuvo hijos de sangre, enviudó, fue forzado al exilio y se fundió. Todo esto antes de heredar el máximo cargo de Elector Palatino, que ejerció por tres años hasta su muerte. Bajo su patronazgo, en la pequeña ciudad de Lauingen (cuna de Alberto Magno), trabajó la mayor parte de su vida, Matthias Gerung produciendo grabados, pinturas y hasta los diseños de una serie de tapices con escenas de la intrépida vida del Conde Palatino.

Los motivos alegóricos y apocalípticos ya forman parte del primer trabajo importante del que se hace cargo Gerung. En 1530, Ottheinrich le encomienda completar la ilustración de un fastuoso manuscrito del Nuevo Testamento en alemán, cuya preparación y diseño datan del siglo XV. Nunca concluida por motivos desconocidos, la tarea de completar las 146 miniaturas y 294 iniciales ornamentadas planeadas para el manuscrito queda en manos de Gerung, que realiza un total de 117 ilustraciones y tantos más ornatos en dos años. En este valiosísimo códice se encuentra su primera serie dedicada al libro del Apocalipsis, en la que se atiene, en lo esencial, a los ya entonces canónicos grabados de Durero de 1498.

Aparte de los tapices biográficos, entre 1533 y 1543, Gerung diseñó tapices genealógicos y empapelados, pintó un cuadro dedicado a los motivos clásicos del Juicio de Paris y la Guerra de Troya en un cuarto del renovado Castillo de Neoburgo… Todos proyectos estrechamente vinculados a las ambiciones personales de su protector.

En 1541, Ottheinrich se convierte al protestantismo, por lo que encarga a Gerung la ilustración de unas nuevas reglas para la iglesia y la producción de una serie de grabados contra el Papa y los abusos de la Iglesia de Roma. Entre estos grabados se encuentra su serie de obras más importante, que acompaña un comentario del Apocalipsis redactado por el teólogo reformista Sebastian Meyer.

En 1546, Carlos V, el entonces emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se apodera del Palatinado-Neoburgo en una campaña militar anti-protestante. Ottheinrich se ve forzado al exilio, y Gerung queda solo en Lauingen… Donde termina por manifestar su apoyo al emperador católico, en una pintura que realiza en el ayuntamiento de esa ciudad. Con su cambio de bando político-religioso, también cambia la situación de su patronazgo. De aquí en más sus obras serán comisionadas por el Obispo de Augsburgo, Otto Truchsess von Waldburg. Empezando por la ilustración de un misal y concluyendo con su última obra conocida: La melancolía en el jardín de la vida.

 

II.

El grabado extraño y tremendamente sugestivo que encabeza este post, de fecha no especificada, fue atribuido por cierto tiempo a Hans Weiditz, otro gran artista del grabado satírico alemán de la época (más asociado a motivos paganos), pero hoy en día se lo considera obra de Matthias Gerung. El Museo Británico da esta descripción de su contenido: “El clero se da un festín en la fauces de un diablo. El demonio está sentado, mirando a la izquierda, sobre una bula papal. Su pie izquierdo lo tiene en un recipiente de agua bendita, y su mano derecha sostiene una caja de recolección de ofrendas. Demonios más pequeños preparan la comida en su cabeza, criaturas voladoras se aproximan con el Papa y un canónigo.”

Otras fuentes hablan de una lacerante crítica a la venta de indulgencias (Satire auf den Ablaßhandel), práctica habitual desde muy temprano en la Edad Media y conocido motivo de escándalo para los protestantes de la época. También se refieren a esta pieza como una sátira del conjunto de la religiosidad católica y sus instituciones.

(…)

 

III.

(…)

[Debido a dificultades insuperables para procurarme cierta bibliografía esta investigación comenzada en abril de 2015, que se proponía alcanzar el rango de una reflexión sobre la imagen impresa, los medios de comunicación orientados a/por la imagen y sus poderes, etc. quedó trunca.]

Hugo Ball: Flametti o el dandismo de los pobres (1918)

Posted in Uncategorized with tags , , , , on 31 diciembre, 2018 by Glatar Pim

La Compañía de Variedades de Flametti tenía un nombre y era admirada. «Muy renombrada» se podía leer en los carteles. Y mediante el «muy renombrada», que sólo los envidiosos atribuían al buen cartel que Flametti tenía, se distinguía de la competencia.

La «Compañía de farsa y cante femenino» de Ferrero era «apreciada», «brillante», «mundialmente famosa». Pero, ¿era admirada? No. ¿Renombrada? No. Era «distinguida» debido a la completa elegancia y reserva de sus damas.

Tampoco los «Gorriones» de Pfäffer podían compararse. Ni tenían un poder de atracción misterioso, propio de la compañía de Flametti, ni una cierta impronta o popularidad.

Los «Gorriones» de Pfäffer, si se quería dar un nombre a su valor, eran «experimentados», «sólidos», «variados», «reconocidos». Su valor radicaba en un «programa familiar decente», con trajes a medida y broches que, como Flametti gustaba de ridiculizar, se encontraban en el ombligo.

¡No! Tampoco ellos eran capaces de generar calor y entusiasmo que trajesen consigo invitaciones a cerveza, vino y champán, a carreras en coches, aventuras y a decidir el destino.

¿Dónde radicaba el misterioso poder de atracción de los Flametti?

Más de uno se quebraba la cabeza pensando en ello.

Flametti no pagaba los mejores sueldos y por lo tanto no tenía los mejores artistas, como Ferrero. Tampoco tenía las mejores canciones, como de nuevo Ferrero, que era judío, refinado, capaz, eficiente y que, como consecuencia de su «distinción» tenía los mejores contactos. Tampoco resultaban tener los números de Flametti tanta dedicación, pulcritud e interés como por ejemplo los [de los] «Gorriones», la compañia de canto de Pfäffer. Ni tampoco tenía aquellos caros disfraces de sastrería con esplendoros colores de marineros, deshollinadores y vendedores de trampas para ratones y que resultaban temas de conversación en todos los sitios.

¿Dónde entonces radicaba la supremacía de Flametti?

Era, por así decirlo, un tipo muy especial. Un artista de pura cepa. Tenía la capacidad y el entendimiento para buscarse a su gente. Era, en cierto modo, un personaje. No era un Ferrero, que había andado en tiempos con andrajosos. No era un Pfäffer, que gritaba a sus mujeres:

—¡Niñas, poneos cómodas!—y entonces practicaba en mangas de camisa el «pequeño Kohn».

¿Aplicado? Era algo que él despreciaba. El verdadero artista duerme por la mañana hasta alrededor de las once. Cuando se ha trabajado hasta la madrugada, a menudo en los números más difíciles, no puede uno volver a estar levantado al amanecer.

¿Ensayos? ¡Por supuesto! Pero con medida y propósito. No tiene ningún sentido quitarle a la gente el placer del trabajo, atosigarlos con ensayos hasta que desfallezcan. Lo que importa es la inspiración y no los ensayos. El que no la tiene en su interior tampoco va a lograrla aunque ensaye veinte veces. ¡Esto no es la mili! Los artistas no son máquinas de repetir ejercicios. Y si hay que ensayar, por lo menos que no haya demasiada puntualidad. La puntualidad es asunto del diablo. Todo radica en el pulso, en la espontaneidad.

Los ensayos de Flametti eran impredecibles. Cuando se planeaba uno, seguro que no se llevaba a cabo. Cuando uno se llevaba a cabo, seguro que no había estado planeado. Todo se basaba más en la inspiración, dejándose en manos de la chispa y la casualidad.

¿Improvisación? ¡Grandioso! Él mismo era un improvisador de pies a cabeza. Polifacético, impredecible; también en su repertorio. ¡Sobre todo que no haya un programa fijo! Nada hay más aburrido que eso. En el caso de Ferrero, cada noche a las ocho en punto el programa comenzaba con el director de orquesta al piano. En el caso de Flametti no existía orden alguno. Muchas veces, cinco minutos antes de la actuación no sabía si llamaría al «hombre del hocico gigante» o al «número de fuego». Hay que dejar que las cosas cuezan, esa era su máxima.

También en la compañía: Flametti tenía la compañía más renombrada y en ningún caso los miembros más renombrados.

Al contrario, su genio residía precisamente en que era capaz de descubrir habilidades, de encontrarlas y sacarlas de la nada.

El personal de Flametti era interesante. Él tenía olfato para los talentos naturales. No hacía ningún caso a los agentes, los críticos o la fama. ¡Tenía que verlos él mismo! Necesitaba tipos curiosos, personajes. El talento ocupaba un lugar secundario. El talento, la voz y la figura podían tener algo que decir sólo si el personaje que había detrás tenía algo que decir.

Flametti tenía fijación por la línea quebrada. Una mirada para el momento en el que una cabaretera estaba madura para las variedades. Entonces se comprometía, se esforzaba, se ponía en marcha.

Y siempre prevalecían los intereses personales de sus integrantes. Daba igual una dama o un caballero, lo que a él le interesaba sobre todo era lo que habían visto y vivido. Buenas maneras. No los contrataba sin haberlos observado antes días enteros. Había que tener un destino para resultar interesante para la compañía de Flametti. El destino traía consigo lo polifacético, la sorpresa, la aptitud, el espíritu. Sus componentes debían saber moverse. Tenían que haber visto mundo; tenían que estar versados. El refinamiento no era lo que buscaba: detrás de él no había gran cosa. Los que nacen artistas son gente desclasada, personajes excluidos. Hay que haber estado oprimido para llegar a ser artista.

De cada cincuenta muchachas que meneaban el bolso en la calle, veinte eran soubrettes. Sólo había que convencerlas de ello. De cada cincuenta apaches que nadie tenía en cuenta, había veinte reyes de la evasión, magos, juglares. Sólo había que encontrarlos y consagrarlos. Y precisamente en ello radicaba el genio de Flametti, su popularidad, su magia.

En su compañía se hablaban idiomas: inglés, francés, danés, incluso malayo. Se había recorrido mundo. Había habido un esfuerzo sincero y se sabía cómo vivir.

Cárceles, escándalos, lupanares y deserciones no suponían un impedimento. Los artistas proceden de otro mundo, no son ciudadanos corrientes. Los artistas nacen de la opresión. Donde no hay defectos, no hay personas. El colorido, la magia, el exotismo, sólo pueden nacer de la desesperación.

El comportamiento de Flametti para con sus artistas se correspondía a dichas premisas. Compañerismo, en lugar de dependencia; libertad, en lugar de obligación; confianza, en lugar de contratos. Por supuesto que debe de haber un sueldo. ¿Pero de qué serviría el mejor de los contratos si un día el director no puede pagarlo?

En ese caso entraba en escena la confianza de Flametti. En esos casos era capaz de mantener a toda la compañía mediante la pesca. Otro director habría suspendido la paga.

Con Flametti uno podía entrar y salir, aunque ya no actuase en sus escenarios.

¿Con qué otro director se podría hacer algo así? Y lo que pertenecía a Flametti pertenecía a toda su compañía. El dinero, las cuentas bancarias y lo demás no era su ambición. Su ambición era tener una compañía.

¿Disfraces? Se los hacía uno mismo. ¿Números? Se inventaban. ¿No había hecho él mismo, Flametti, una sirena de una foca cuando apretó la necesidad? ¿Y de Engel, el mismo que había sido carnicero en la marina mercante, un rey de la evasión? Una caja le construyó con una mecánica interna tal que aun el más estúpido podía escapar con facilidad. Le había modificado unas esposas con tal refinamiento que «Henry», con un tirón de sus delicadas articulaciones, podía liberarse en menos de tres minutos.

Desde luego que había que tener las articulaciones para ello y algo de habilidad. Pero «Henry» lo lograba. Nadie lo habría imaginado antes de verle actuar. De la noche a la mañana se convirtió en una celebridad.

¿Qué director pudo experimentar la sorpresa de que su soubrette apareciese caracterizada como Gamsbua y cantase Schnadahüpfl sólo por diversión? ¿O que el pianista tocase la guitarra y el cantor tirolés el trombón?

Flametti tampoco daba mucho valor a actuar cada noche. Sobre todo en las tabernuchas de goteras en el techo, donde había que estar actuando ya a las seis de la tarde y donde los pianos eran pianuchos quejumbrosos a los que era imposible sacar los tonos adecuados.

Jenny tenía razón: también había que actuar en los sitios pequeños porque había que pagar los sueldos. ¡Pero tampoco se estaba atado a una noria! ¡No se estaba en el mundo para pasar fatigas!

Nada de abrumarse con el trabajo, eso era lo que se le podía echar en cara a su compañía. A cambio, Flametti solamente exigía una pequeña deferencia: decoro y buena voluntad. Comportarse. En caso contrario se volvía «loco», lo que significaba que no dejaba títere con cabeza, era capaz de destrozar al más pintado y perseguir a la banda con un cuchillo en la mano.

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El texto es un fragmento del primer capítulo de la novela Flametti o el dandismo de los pobres, de Hugo Ball. La traducción es de Fernando González Viñas (ed. Berenice, 2013).

La imagen es la foto de una puesta en escena de la compañía de variedades Maxim, en Zürich (1915). Su director, Flamingo (el Flametti de la novela), presenta a Emmy Hennings en el papel de la mítica Aracne. Cuenta Hennings en su diario que el número consistía en ofrecer «Verdad Eterna, a sólo 20 céntimos». «La Verdad Eterna viene de mí por supuesto y lo encuentro cómico. Y que resulte ser tan barata. Como si lo que pedimos no valiera mucho. Una muerte teatral, una verdadera muerte de variedades sería lo adecuado para mí. A una realmente le gustaría ser la verdad, no solo parecer serlo, y si me fueran a encontrar enredada en mi red, yo sería la verdad. Enmascarada hasta el mismísimo final. […] Creemos en la probada verdad de la ilusión.» (Fuente: T for tout, traducción propia.)

Primo Levi: La tregua (1963)

Posted in Uncategorized with tags , , , on 28 julio, 2018 by Glatar Pim

hb_1995.474Trovati, Ambrogio Trovati, llamado el Ocaso, no tenía más de treinta años; era de pequeña estatura, pero musculoso y agilísimo. «Ocaso», nos había explicado, era su nombre artístico: estaba orgulloso de él y le venía como anillo al dedo porque era una persona de mente tenebrosa, que vivía de imaginaciones fantásticas, en un estado de ánimo de perpetua rebelión frustrada. Había pasado la adolescencia y la juventud entre la prisión y el teatro y parecía que estas dos instituciones no estuviesen claramente separadas en su mente confusa. Luego, la prisión en Alemania debía de haberle asestado el golpe de gracia.

En sus conversaciones, lo verdadero, lo posible y lo fantástico estaban mezclados en un ovillo variopinto e inextricable. Hablaba de la prisión y del tribunal como de un teatro donde nadie es él mismo realmente sino que juega, muestra su habilidad, se mete en la piel del otro, recita un papel; y el teatro, a su vez, era un gran símbolo oscuro, un instrumento tenebroso de perdición, de manifestación externa de una secta subterránea, malvada y omnipresente, que impera para perjuicio de todos y que viene a tu casa, te coge, te pone una máscara, te convierte en lo que no eres y te obliga a hacer lo que no quieres hacer. Esta secta es la Sociedad: el gran enemigo contra el cual él, Ocaso, había combatido desde siempre y por el que siempre había sido vencido; pero en cada una de las ocasiones había resurgido heroicamente.

La Sociedad era quien había descendido a buscarlo, a desafiarlo. Él vivía en plena inocencia en el paraíso terrenal: era barbero, el dueño de la tienda, y había recibido una visita. Habían venido dos mensajeros a tentarlo, a hacerle la proposición satánica de vender la tienda y entregarse al arte. Conocían bien su punto débil: lo habían adulado, habían alabado las formas de su cuerpo, su voz, la expresión y la movilidad de su rostro. Él se les había resistido dos, tres veces, luego había cedido y, llevando en la mano la dirección de los estudios cinematográficos, se había puesto a dar vueltas por Milán. Pero la dirección era falsa, de una puerta lo mandaban a otra; hasta que se dio cuenta de la conjura. Los dos mensajeros, en las sombras, lo habían seguido con la cámara enfocada, le habían robado todas sus palabras y sus gestos de decepción, y así lo habían convertido en actor a pesar de sí mismo. Le habían robado la imagen, la sombra, el alma. Ellos habían sido quienes lo habían hecho oscurecer y le habían bautizado con el nombre de «Ocaso».

Lo habían vencido: estaba en sus manos. Su negocio vendido, sin contratos de ninguna clase, poco dinero, a veces algunas migajas, algún hurto para salir del paso. Hasta que ocurrió su gran epopeya, el homicidio pulposo. Se había encontrado en la calle con uno de sus seductores, y lo había acuchillado: se había declarado culpable del homicidio pulposo y, en consecuencia, fue llevado ante un tribunal. Pero no había querido ningún abogado, porque todo el mundo, hasta el último habitante, estaba contra él, y él lo sabía. Y, sin embargo, había estado tan elocuente, y había expuesto tan bien sus razones que el Tribunal lo había absuelto en medio de una gran ovación, y todos lloraban.

Este legendario proceso estaba presente en el centro de la nebulosa memoria de Trovati; lo revivía a cada instante de la jornada, no hablaba de otra cosa, y muchas veces por las tardes, después de cenar, nos obligaba a todos a secundarlo, y a repetir su proceso en una especie de representación sacra. A cada uno le asignaba su papel: tú el presidente, tú el fiscal, vosotros los jurados, tú el secretario, vosotros el público, y a cada uno le asignaba perentoriamente su papel. Pero el acusado, a la vez abogado defensor, era siempre y solamente él y, cuando tras cada réplica, le llegaba la hora de su torrencial arenga, explicaba antes, en un rápido aparte, que el homicidio es pulposo cuando se hunde el cuchillo no en el pecho o la barriga sino aquí, entre el corazón y la axila, en la pulpa: es menos grave.

Hablaba sin interrupción, apasionadamente, durante una hora larga, secándose el sudor real que le empapaba la frente; luego, arrojándose con ampuloso gesto una gota inexistente sobre el hombro izquierdo, concluía: «¡Id, id, víboras, a dejar vuestro veneno!».

 

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El texto es un fragmento del capítulo intitulado Los soñadores, de la novela La tregua, de Primo Levi. La traducción es de Pilar Gómez Bedate (ed. Muchnik, 1988).

La imagen es la foto de una performace sin título (1973) del escultor norteamericano Charles Ray en sus años de estudiante.

Boris Groys: Los signos débiles de la vanguardia (2010)

Posted in Uncategorized with tags , , , on 30 diciembre, 2016 by Glatar Pim
kazimir_malevich_1915_black_suprematic_square_oil_on_linen_canvas_79-5_x_79-5_cm_tretyakov_gallery_moscowEn su libro El tiempo que resta, Giorgio Agamben describe, usando el ejemplo de San Pablo, el conocimiento y la maestría necesarios para convertirse en un apóstol profesional. Este conocimiento es el conocimiento mesiánico: el conocimiento de la llegada del fin del mundo tal como lo conocemos, de la contracción del tiempo, de la escasez de tiempo en la que vivimos. Escasez de tiempo que anula todas las profesiones precisamente porque la práctica de cualquier profesión necesita una perspectiva de larga duración, la duración del tiempo y la estabilidad del mundo tal como es. En este sentido, la profesión del apóstol es, como escribe Agamben, practicar “la continua revocación de toda vocación”. También podría decirse que es “la desprofesionalización de todas las profesiones”. La contracción del tiempo empobrece, vacía todos nuestros signos y actividades culturales, conviertiéndolos en signos cero o, más bien, como los llama Agamben, en signos débiles. Estos signos débiles son señales de la llegada del fin de los tiempos siendo debilitadas por esta llegada, ya manifestando la falta de tiempo que sería necesaria para producir y contemplar signos fuertes, ricos. Sin embargo, al final de los tiempos, estos signos débiles mesiánicos triunfan sobre los signos fuertes de nuestro mundo, los signos de autoridad, tradición y poder, pero también los signos de rebelión, deseo, heroísmo o shock. Cuando habla sobre los signos débiles de lo mesiánico, Agamben, obviamente, tiene en mente “el mesianismo débil”, un término introducido por Walter Benjamin. Pero también se puede recordar (aunque Agamben no lo haga) que en la teología griega, el término “kenosis” caracterizaba la figura de Cristo: la vida, el sufrimiento y la muerte de Cristo como una humillación de la dignidad humana y un vaciamiento de los signos de la gloria divina. En este sentido, la figura de Cristo también es un signo débil, que puede ser fácilmente (mal)entendido como un signo de debilidad, un punto que fue extensamente tematizado por Nietzsche en El Anticristo.
 
Ahora bien, me gustaría sugerir que el artista de vanguardia es un apóstol secularizado, un mensajero del tiempo que trae al mundo el mensaje de que el tiempo se está contrayendo, de que hay una escasez de tiempo, incluso una falta de tiempo. La modernidad es, de hecho, la época de la permanente pérdida del mundo familiar y de las condiciones tradicionales de vida. Es un tiempo de cambio permanente, de rupturas históricas, de nuevos finales y nuevos comienzos. Vivir dentro de la modernidad significa no tener tiempo, experimentar una escasez permanente, una falta de tiempo debida al hecho de que los proyectos modernos son en su mayoría abandonados sin ser realizados. Cada nueva generación desarrolla sus propios proyectos, sus propias técnicas y sus propias profesiones para realizar estos proyectos, que luego son abandonados por la generación siguiente. En este sentido, nuestro presente no es posmoderno sino más bien ultramoderno, porque es la época en la que la escasez de tiempo, la falta de tiempo se vuelve cada vez más obvia. Lo sabemos porque hoy todo el mundo está ocupado, nadie tiene tiempo.
 
A lo largo de la era moderna vimos todas nuestras tradiciones y estilos de vida heredados condenados a declinar y desaparecer. Pero hoy en día tampoco confiamos en nuestro tiempo presente, no creemos que sus modas, estilos de vida o formas de pensar vayan a tener algún efecto duradero. De hecho, cuando surgen nuevas tendencias y modas, inmediatamente imaginamos que su inevitable desaparición sucederá más pronto que tarde. (En efecto, cuando una nueva tendencia surge, el primer pensamiento que viene a la mente es: ¿pero cuánto tiempo durará? Y la respuesta es siempre que no durará mucho.) Se puede decir que no sólo la modernidad, sino también –y en más alto grado– nuestra época, es crónicamente mesiánica, o, más aún, crónicamente apocalíptica. Vemos todo lo que existe y todo lo que surge, casi automáticamente, desde la perspectiva de su inminente decadencia y desaparición.
 
La vanguardia es a menudo asociada con la noción de progreso, especialmente el progreso tecnológico. De hecho, es posible encontrar muchas declaraciones de artistas y teóricos de vanguardia dirigidas contra los conservadores, insistiendo en la inutilidad de practicar viejas formas de arte bajo nuevas condiciones determinadas por nuevas tecnologías. Pero esta nueva tecnología fue interpretada –al menos por la primera generación de artistas de vanguardia– no como una oportunidad para construir un mundo nuevo y estable, sino como una máquina que promete la destrucción del viejo mundo, así como la permanente auto-destrucción de la civilización tecnológica moderna misma. La vanguardia percibió las fuerzas del progreso como predominantemente destructivas.
 
Así, la vanguardia se preguntó si los artistas podrían continuar haciendo arte en medio de la destrucción permanente de la tradición cultural y el mundo familiar debido a la contracción temporal, que es la principal característica del progreso tecnológico. O, dicho de otra manera: ¿cómo pueden los artistas resistir a la destructividad del progreso?, ¿cómo hacer arte capaz de escapar al cambio permanente, un arte que sea atemporal, transhistórico? La vanguardia no quería crear el arte del futuro, quería crear arte transtemporal, arte para todos los tiempos. Uno oye y lee repetidamente que necesitamos cambios, que nuestra meta –también en el arte– debiera ser cambiar el status quo. Pero el cambio es nuestro status quo. El cambio permanente es nuestra única realidad. Y en la prisión del cambio permanente, cambiar el status quo sería cambiar el cambio, para escapar del cambio. De hecho, cada utopía no es otra cosa que una huida de este cambio.
 
Cuando Agamben describe la anulación de todas nuestras ocupaciones y el vaciado de todos nuestros signos culturales a través del acontecimiento mesiánico, no se pregunta cómo podremos traspasar la frontera que separa a nuestra era de la que viene. No se hace esta pregunta porque el apóstol Pablo no la hace. San Pablo creía que un alma individual, siendo inmaterial, sería capaz de cruzar esta frontera sin perecer, incluso después del fin del mundo material. Sin embargo, la vanguardia artística no aspiró a salvar el alma sino el arte. Y trató de hacerlo por medio de la reducción. Reduciendo los signos culturales a mínimos absolutos que así podrían traficarse a través de los cortes, giros y permanentes cambios de las modas y las tendencias culturales.
 
Esta reducción radical de la tradición artística debía anticipar su inminente destrucción en manos del progreso. Por medio de la reducción, los artistas de vanguardia comenzaron a crear imágenes que les parecían tan pobres, tan débiles, tan vacías, que serían capaces de sobrevivir a cualquier catástrofe histórica.
 
En 1911, cuando en Sobre lo espiritual en el arte Kandinsky habla de la reducción de toda mímesis pictórica, de toda representación del mundo –reducción que revela que todas las pinturas son en realidad combinaciones de colores y formas–, quiere garantizar la supervivencia de su visión de la pintura a través de todas las posibles transformaciones culturales futuras, incluyendo las más revolucionarias. El mundo que representa una pintura puede desaparecer pero la combinación de colores y formas propia de la pintura, no. En este sentido, Kandinsky cree que todas las imágenes ya creadas en el pasado o por crear en el futuro también pueden ser vistas como sus propios cuadros porque, sin importar lo que esas imágenes fueron, son o puedan ser, necesariamente son combinaciones de determinados colores y formas. Y esto concierne no sólo a la pintura, sino también a todos los otros medios incluyendo la fotografía y el cine. Kandinsky no quería crear su propio estilo individual, sino que utilizaba sus pinturas como una escuela para la mirada del espectador. Una escuela que permitiría al espectador ver los componentes invariables de todas las variantes artísticas posibles, los patrones repetitivos debajo de las imágenes del cambio histórico. En este sentido, Kandinsky entiende su propio arte como atemporal.
 
Luego, con el Cuadrado negro, Malevich emprende una reducción aún más radical de la imagen a una pura relación entre la imagen y el marco, entre el objeto contemplado y el campo de la contemplación, entre uno y cero. De hecho, no podemos escapar del cuadrado negro, cualquier imagen que veamos es también el cuadrado negro. Lo mismo se puede decir del gesto-readymade introducido por Duchamp. Lo que sea que queramos exhibir y lo que sea que veamos como algo exhibido presuponen este gesto.
 
Por lo tanto, podemos decir que el arte de vanguardia produce imágenes trascendentales en el sentido kantiano del término, imágenes que manifiestan las condiciones para la emergencia y la contemplación de cualquier otra imagen. El arte de vanguardia no es sólo el arte del mesianismo débil, sino también del universalismo débil. No sólo es un arte que utiliza signos cero vaciados por la aproximación del acontecimiento mesiánico, sino que también es un arte que se manifiesta a través de imágenes débiles, imágenes de visibilidad débil, imágenes que son necesaria, estructuralmente pasadas por alto cuando funcionan como componentes de imágenes fuertes que poseen un alto nivel de visibilidad, como las imágenes del arte clásico o de la cultura de masas.
 
La vanguardia negó la originalidad, ya que no quería inventar sino descubrir la imagen trascendental, débil, repetitiva. Pero, claro está, cada uno de esos descubrimientos de lo inoriginal se entendió como un descubrimiento original. Y, como en filosofía y ciencia, hacer arte trascendental también significa hacer arte universalista y transcultural, porque cruzar una frontera temporal es básicamente la misma operación que cruzar una frontera cultural. Cualquier imagen hecha en el contexto de cualquier cultura imaginable es también un cuadrado negro, ya que se verá como un cuadrado negro si se la borra. Y esto significa, para una mirada mesiánica, que se ve siempre ya como un cuadrado negro. Esto es lo que hace de la vanguardia una verdadera apertura a un arte universalista y democrático. Pero el poder universalista de la vanguardia es un poder de la debilidad, del autoborrado, ya que la vanguardia sólo alcanza semejante éxito universal mediante la producción de las imágenes más débiles posibles.
 
Sin embargo, la vanguardia es ambigua de un modo que la filosofía trascendentalista no lo es. La contemplación filosófica y la idealización trascendental son operaciones concebidas para ser efectuadas sólo por los filósofos para los filósofos. Pero las imágenes trascendentales de la vanguardia se exhiben en el mismo espacio de representación artística que otras imágenes empíricas, dicho en términos filosóficos. Por lo tanto, se puede decir que la vanguardia ubica lo empírico y lo trascendental en un mismo nivel, permitiendo que lo empírico y lo trascendental sean comparados por una mirada unificada, democratizada y no iniciada. El arte de vanguardia expande radicalmente el espacio de representación democrática al incluir allí lo trascendental, que anteriormente era objeto de ocupación y especulación religiosas o filosóficas. Y eso tiene aspectos positivos pero también peligrosos.
 
Desde una perspectiva histórica, las imágenes de la vanguardia se ofrecen a la mirada del espectador no como imágenes transcendentales sino como imágenes empíricas específicas que manifiestan su época específica y la psicología específica de sus autores. Así, la vanguardia “histórica” produjo simultáneamente esclarecimiento y confusión: esclarecimiento por haber revelado patrones visuales repetitivos detrás de los cambios de estilos y tendencias históricos; confusión porque el arte de vanguardia se exhibió junto con otras producciones artísticas de manera tal que fue (mal)entendido como un estilo histórico específico. Se puede decir que la debilidad básica de la universalidad de la vanguardia ha persistido hasta el día de hoy. La vanguardia es percibida por la historia contemporánea del arte como creadora de imágenes artístico-históricamente fuertes, y no como creadora de imágenes débiles, transhistóricas y universalistas. De esta manera, la dimensión universalista del arte que la vanguardia intentó revelar sigue siendo pasada por alto porque quedó eclipsada por el carácter empírico de su revelación.
 
Aún hoy, se puede escuchar en las exposiciones de arte de vanguardia: “¿Por qué esta pintura”, digamos de Malevich, “está aquí en el museo, si mi hijo puede hacer, y tal vez incluso hace, lo mismo?” Por un lado, esta reacción frente a Malevich es, por supuesto, correcta. Muestra que sus obras siguen siendo experimentadas por el gran público como imágenes débiles, no obstante su celebración por la historia del arte. Pero, por otra parte, la conclusión que la mayoría de los visitantes a la exposición extrae de esta comparación es errónea: se piensa que esta comparación quita méritos a Malevich, mientras que la comparación bien se podría usar para admirarse del niño en cuestión. De hecho, con su obra, Malevich abrió la puerta de la esfera del arte a las imágenes débiles, a todas las imágenes débiles posibles. Pero esta apertura sólo puede entenderse si el autoborrado de Malevich es debidamente apreciado, si sus imágenes son vistas como imágenes trascendentales y no como imágenes empíricas. Si el visitante a la exposición de Malevich no puede apreciar las pinturas de su propio hijo, tampoco podrá apreciar verdaderamente la apertura de un campo del arte donde se vuelve posible que las pinturas de ese niño sean apreciadas.
 
El arte de vanguardia sigue siendo, por definición, impopular hoy en día, aún si se exhibe en grandes museos. Paradójicamente, suele vérselo como un arte no-democrático y elitista, no porque sea percibido como un arte fuerte, sino porque es percibido como un arte débil. Lo que equivale a decir que la vanguardia es rechazada –o, mejor dicho, es pasada por alto– por un público amplio y democráticamente constituido, precisamente por ser un arte democrático; la vanguardia no es popular porque es democrática. Y si la vanguardia fuera popular, sería no-democrática. De hecho, la vanguardia abre un camino para que una persona común y corriente se vea a sí misma como un/a artista, para que entre en el campo del arte como productor/a de imágenes débiles, pobres, sólo parcialmente visibles. Pero una persona común y corriente es, por definición, no-popular. Sólo las estrellas, las celebridades y las personalidades excepcionales y famosas pueden ser populares. El arte popular se hace para una población compuesta por espectadores. El arte de vanguardia se hace para una población conformada por artistas.

 

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El texto es un fragmento del ensayo El universalismo débil, de Boris Groys, originalmente publicado en el nro. 15 de la revista e-flux journal. A falta de una buena traducción en línea y a fin de corregir algunos errores e imprecisiones de la traducción de ed. Caja Negra… En fin, que no me quedó más opción que revisar, cotejar y corregir las versiones disponibles, así que hice una nueva.

La imagen es una foto de la primera versión del Cuadrado negro de Kazimir Malevich, de 1915. Peter Schjeldahl comenta sobre el estado actual del cuadro: “La pintura se ve horrible: descascarada, gastada y descolorida, como si hubiera pasado los últimos ochenta y ocho años tapando una ventana rota. De hecho, pasó la mayor parte de ese tiempo enterrada en los archivos soviéticos, catalogada entre los más bajos tesoros del estado”.

Thomas Bernhard: El origen (1975)

Posted in Uncategorized with tags , , , on 6 octubre, 2015 by Glatar Pim

Somos procreados, pero no educados, con todo su embrutecimiento, nuestros procreadores, después de habernos procreado, actúan contra nosotros, con toda la torpeza destructora del ser humano, y lo arruinan todo, ya en los tres primeros años de su vida, en ese nuevo ser, del que no saben nada, sólo, si es que lo saben, que lo han hecho aturdida e irresponsablemente, y no saben que, con ello, han cometido el mayor de los crímenes. Con una ignorancia y una vileza completas, nuestros progenitores, y por tanto nuestros padres, nos han echado al mundo y, una vez que estamos ahí, no pueden con nosotros, todos sus intentos de poder con nosotros fracasan, pronto renuncian, pero siempre demasiado tarde, siempre sólo en el instante en que hace tiempo que nos han destruido, porque en los tres primeros años de vida, los años de vida decisivos, de los que, sin embargo, nuestros progenitores como padres no saben nada, no quieren saber nada, no pueden saber nada, porque durante siglos se ha hecho siempre todo en favor de esa espantosa ignorancia, nuestros progenitores, con esa ignorancia, nos han destruido y aniquilado y destruido y aniquilado siempre para toda la vida, y la verdad es que, en el mundo, nos encontramos siempre con seres destruidos y aniquilados, y destruidos y aniquilados para toda la vida, en sus primeros años, por sus progenitores como padres ignorantes y viles y faltos de ilustración. El nuevo ser humano sólo es siempre parido por su madre como un animal, y es tratado siempre como un animal por esa madre y llevado a su perdición, sólo encontramos animales paridos por sus madres, no seres humanos, que ya en los primeros meses y sólo en los primeros años han sido destruidos y aniquilados ya por esas madres suyas con toda su ignorancia animal, pero a esas madres no les corresponde ninguna culpa, porque nunca han sido ilustradas, los intereses de la sociedad son distintos de la ilustración y la sociedad no piensa en absoluto en ilustrar, y los gobiernos están siempre y en todo caso y en todo país y forma de Estado interesados en que su sociedad no sea ilustrada, porque si ilustrasen a su sociedad serían aniquilados ya en poco tiempo por esa sociedad ilustrada por ellos, durante siglos no se ha ilustrado a la sociedad, y vendrán muchos siglos en que la sociedad no será ilustrada, porque la ilustración de la sociedad significaría la aniquilación de los gobiernos, y así nos encontramos con progenitores no ilustrados de niños no ilustrados en toda su vida, que seguirán siendo siempre seres no ilustrados y condenados, durante toda su vida, a una ignorancia completa. Cualesquiera que sean los medios y métodos educativos con que se eduque a los nuevos seres, serán educados para su perdición con toda la ignorancia y la vileza y la irresponsabilidad de sus educadores, que sólo son siempre así llamados educadores y sólo pueden ser siempre así llamados educadores, ya en los primeros días de su vida y en las primeras semanas de su vida y en los primeros meses de su vida y en los primeros años de su vida, porque todo lo que el nuevo ser recibe y percibe en esos primeros días y semanas y meses y años lo es luego para toda su vida futura y, como sabemos, cada una de esas vidas que se viven, cada una de esas existencias que se existen es siempre sólo una vida turbada o una existencia turbada, una vida perturbada o una existencia perturbada y una vida aniquilada o una existencia aniquilada, turbadas y perturbadas y aniquiladas. No hay padres en absoluto, sólo hay criminales como procreadores de nuevos seres, que actúan contra esos seres procreados por ellos, con toda su insensatez y embrutecimiento, y en esa criminalidad son apoyados por los gobiernos, que no están interesados en un ser humano ilustrado y, por tanto, realmente concorde con su época, porque, como es natural, ese ser es contrario a sus fines, y por ello millones y millares de millones de débiles mentales producen una y otra vez y probablemente producirán todavía durante decenas de años y, posiblemente, durante centenas de años, una y otra vez, millones y millares de millones de débiles mentales. El nuevo ser es convertido en sus tres primeros años, por sus procreadores o sus representantes, en lo que tendrá que ser durante toda su vida y no podrá cambiar por ningún medio: en una naturaleza desgraciada como ser humano totalmente desgraciado, tanto si esa naturaleza desgraciada como ser humano desgraciado lo reconoce como si no, tiene fuerzas para reconocerlo como si no, tiene fuerzas para sacar las consecuencias como si no, y tanto si ese ser humano, como naturaleza en todo caso desgraciada dedica a ello, aunque sólo sea una vez siquiera, un pensamiento [como si no], porque, como sabemos, la mayoría de esas naturalezas desgraciadas como seres humanos desgraciados y a la inversa no dedican a ello jamás, en absoluto, en toda su vida y toda su existencia, ese pensamiento. El recién nacido se ve, desde el instante de su nacimiento, a la merced de progenitores que son padres idiotizados y no ilustrados y, ya desde el primer instante, es convertido por esos progenitores que son sus padres, idiotizados y no ilustrados, en un ser igualmente idiotizado y no ilustrado, ese proceso monstruoso e increíble se ha convertido, en los cientos de años y miles de años de la sociedad humana, en costumbre, y la sociedad se ha acostumbrado a esa costumbre y no piensa en absoluto en dejar esa costumbre, al contrario, esa costumbre se intensifica cada vez más y ha llegado a su apogeo en nuestra época, porque en ninguna época se han hecho seres humanos y millones y millares de millones de seres humanos como población mundial de una forma más irreflexiva y más vil y más abyecta y más insolente que en la nuestra, aunque la sociedad sabe desde hace tiempo que ese proceso, que es una infamia mundial, si no se interrumpe, significará el fin de la sociedad humana. Pero las cabezas ilustradas no ilustran, y la sociedad humana, eso es seguro, se aniquila. También mis progenitores como padres, actuaron así, aturdidamente y en embrutecida conformidad con toda la restante masa humana, extendida por todo el mundo, e hicieron un ser humano y, desde el instante de su procreación, emprendieron su idiotización y aniquilación, todo lo que había en ese ser humano fue en sus tres primeros años, como en todos los demás seres humanos, destruido y aniquilado, recubierto de escombros, cubierto de escombros, y cubierto de escombros con tal brutalidad que ese ser humano, totalmente recubierto de escombros por sus procreadores, como padres, necesitó treinta años para quitar otra vez los escombros con que sus progenitores, como padres, lo cubrieron, para ser otra vez el ser humano que sin duda fue en el primer instante y al que esos progenitores suyos que eran sus padres, padres que eran sus progenitores, cubrieron con la secular basura sentimental e intelectual que era su ignorancia. No debemos temer, aun a riesgo de ser tomados por locos, decir que nuestros progenitores, como padres, cometieron el crimen de la procreación en tanto que crimen de causar premeditadamente la desgracia de nuestra naturaleza y, en común con todos los demás, el crimen de causar la desgracia del mundo entero, cada vez más desgraciado, exactamente igual que sus mayores, y así sucesivamente.

 

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El texto es un fragmento de la novela autobiográfica El origen. Una indicación, de Thomas Bernhard (ed. Anagrama, trad. Miguel Sáenz).

La imagen es una foto de Man Ray: El beso, de 1935.